Escúpeme, escúpeme…

Había pasado un mes desde la última vez que nos vimos… Un escueto mensaje me hacía saber que el tipo quería volver a mis brazos…

Como yo seguía caliente, caliente… le confirmé mi estado: luz verde. A ver si por fin pasaba algo más interesante.

Como tenía cosas que hacer quedamos en un garito. Era un día soleado de invierno. La terraza era el punto de encuentro. Hablando con mi proverbial desparpajo saltó sobre mí y me besó, creando un embarazoso efecto ventosa… creando un vacío cósmico e indeseable.

Está incandescente… pensé… es el momento, el último momento para ver cuanto había progresado por su cuenta en el último mes. Y vualá aparecimos nuevamente en mi mullida cama.

Además de que su lengua medía lo mismo que la maguera que anuncian en tv de 15 metros… El lorcho estaba exultante. Sube, baja, de aquí para allí… Hubo un momento en el que vi claro que si reptaba por la cama y ponía en mi lugar a una muñeca hinchable ni se habría dado cuenta…

Ay Dios… pero a la que estaba arañando la espalda presa de la emoción era a mí. La sensación era que las garras de un águila ratonera intentaban apresarme…

-No quiero que me dejes marcas-dije. Lo que me faltaba era un tatuaje incoloro y deforme así, por la cara.

Entonces fué cuando me pidió… matrimonio? No!!!… simplemente que le escupiera en la cara!!!!

La Virgen María, el Niño Jesús y San José… por Dios que no venga San José que ya tengo bastante.  Soplé un poco para complacerlo pero sólo salió aire de mi boca…

Pensé que, si me metía un par de dedos en la garganta, tal vez pudiera vomitar y con un poco de suerte el efecto sería el mismo… pero los berberechos gigantes que habíamos cenado hacía un mes se resistían a salir de mis intestinos…

Tan entretenida estaba con lo accesorio que ni me había dado cuenta que el pavo llevaba una hora con el mástil a toda vela y sin dar síntomas de cansancio… pero para entonces la que ya me había cansado era yo…

El amanecer de la Almeja (V)

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Abrí poco a poco los ojos en busca del origen de un extraño sonido que atronaba toda la casa, haciendo temblar hasta los cimientos. ¿Terremoto? No. Un Atlante tal vez? No.

Me susté al ver un bulto a mi lado, en la cama. -Pero ¿éste quién será?- Pensé. -Ah, ya…. debe ser el tipo de ayer. El eyaculador precoz.

En ese mismo momento Yatá se despertó y se giró hacia mí. Dios!! No me acordaba de lo feo que era!! Y por este motivo y no otro, aunque había algo de claridad, decidí no encender la luz.

Sin dirigirme la palabra se me echó encima como un animal, supongo que para intentar follarme de nuevo. Mientras el pollo calentaba lo que tenía que calentar yo mentalmente cantaba “Oliñas veñen oliñas veñen, oliñas veñen e van, e imos ver se desta imos realmente a copular”.

Me agarró por las nalgas cual troglodita y casi sin darme cuenta me puso haciendo el pino y mirando, no para Cuenca, sino para el techo. Empecé pues a contar los puntitos del gotelé por zonas.

En esa posición, de “ele” elevada, no sabía muy bien dónde poner los pies. En su cara habría sido lo más cómodo, pero como con la toalla, tendría que dar demasidas explicaciones y si hablaba perdería el conteo del gotelé.

Su cara era totalmente inexpresiva. Ni frío ni calor. Y parecía un martillo neumático abriendo a trompazos una acera, pero no era una acera… era mi archifamosa vagina.

-Plas, plas- Sonó con eco y me pillo desprevenida. Dos palmadas en las nalgas? Sí, el muy jodío empezaba a desplegar todo su repertorio. -Mierda! He perdido la cuenta, del gotelé.- Tal vez contar palmadas… No, creo que no sería buena idea.

Jadeando como una perra, a la espera de que sucediera algo más, decidí tomar las riendas y me senté encima de él y -Oh, no…- Que se me va otra vez antes de tiempo…. y se fué.

El extraño caso de la foto de la Almeja (IV)

Sí, había oído bien. Por lo menos me había hecho una foto. Por supuesto en pelotas.

Salté sobre él como una ardilla, con un mosqueo de tres pares de cojones, para descubrir si finalmente era un paparazzi, que se había colado en mi casa con la intención de vender mis fotos, o simplemente un coleccionista, en la intimidad, de mujeres desnudas.

Casi podía imaginarme un cajón, en algún rincón de su casa, con un fajito de fotos, ordenadas y sujetas con una goma, de los caretos de las mujeres fruto de sus últimos folleteos. Sí, y también podía imaginarme a su madre abriendo el cajón, con la boca abierta y los ojos desorbitados.

Ahora que lo pienso, no sería mala idea iniciar una colección temática propia, para recordar huevo a huevo a todos los hombres que habían pasado y repasado mi correoso perfil.

Me enseñó desesperado la foto en cuestión. Sólo era una sombra proyectada en el techo, por los efectos de la luz. Genial. Sólo era un sombra, ni una mujer, ni una muñeca hinchable… sólo una sombra. Ya me gustaría ver la exposición fotográfica de sombras chinescas de mujeres desnudas, del cajón de su mesilla. La duda sobrevolaba la noche ¿Había más fotos? Imposible saberlo.

En un pispas el lorcho decidió cambiarse, del colchón sobre el suelo, a la mullida cama de la habitación. Le indiqué el camino al cuarto, segura de que el medio polvo anterior lo había dejado para el arrastre. Lo vi desaparecer en la oscuridad del pasillo.

No tenía la menor intención, en esos momentos, de seguir sus pasos para arroparlo, darle una leche con galletas, un beso de “hasta mañana eyaculador precoz cuando te despiertes lo volveremos a intentar”, para ver seguidamente como se pasaba la noche roncando como un cerdo, dádome la espalda. En fin todo “Un planazo”.

Permanecí en el salón escuchando música y recordando la interesante película de El Coleccionista de la que dejo el siguiente resumen y recomiendo. Freddie Clegg, un empleado del Banco de Londres,  introvertido y triste se dedica a coleccionar mariposas. Su vida cambia cuando le toca la lotería, entonces decide secuestrar a Miranda Grey, una joven estudiante de arte por la que se siente atraído desde hace tiempo. Compra una casa en las afueras de Londres y retiene a la chica en el sótano un mes.

En el fondo era una mujer afortunada, ya que al lorcho, ni le había tocado la lotería, ni trabajaba en la banca y yo no me llamaba Miranda.

Ya de madrugada entré en la habitación y me metí en la cama dispuesta a pasar la noche con el cerdo roncador y con un único pensamiento: ¿Follaríamos de nuevo al amanecer? La prima de riesgo ¿seguiría subiendo? ¿viviríamos para contarlo?

En cama con la Almeja (III)

La chimenea crepitaba con pequeñas explosiones y delante de ella aquel ser deforme, mitad hombre, mitad tronco, esperaba ansioso el momento de la copula.

-Pero que bicho más feo– pensé tratando de imaginar algún tío realmente bueno, para pasar el trance.

Mi mirada de rayos equis lo escaneo de abajo arriba y Ay!! Virgencita! Sólo tenía un huevo y era enooorme. Estaría mutando, como yo. Además, aquel macrohuevo haría balancín sobre mi cuerpecillo!!!.

Me tumbé, pesarosa, en el colchón de rayas. En aquellos momentos ya había activado mi sistema de visión cenital. Aunque estaba allí, lo veía todo desde fuera y más en concreto, desde el techo. Era lo mejor para no verle la cara. También podría taparsela con una toalla, pero tendría que dar demasiadas explicaciones.

El tipo empezó la faena. No sé lo que hizo con el huevo, pero no se balanceó como era de esperar. Empujaba una y otra vez con su miembro más flácido que el interior de un percebe.

Hasta que de repente gritó con una voz aflautada -Que vagina, pero que vagina!-

Menudo susto me dió! Que le pasará a mi vagina? Algo raro seguro…. Le habrán crecido dientes como los de Carmen Porter, sino no me lo explico.

Y aunque me había jurado en arameo que duraba empujando más que la película de “Lo que el viento se llevó”, pasados unos minutos preguntó- Dónde te gusta que me corra?- Sobrao, pensé – Pues me gustaría que te corrieras en el balcón, no te jode!- y después medir la distancia y poner una marca. No podía creer que en tan poco tiempo se terminara todo.

No me dió ni tiempo a contarle mis preferencias sobre las corridas, cuando lo vi arrodillado delante de mí repintando el salón a lo gotelé. No daba crédito. Que pena no haberle dado algún brebaje para cambiar, de paso, el color de las paredes del salón. O pedirle que apagara la chimenea que ardía como el mismisimo infierno. En fin… que ya se había terminado todo.

Cuando me levanté para cambiar el Cd de música, oí el disparo de una cámara… huelga decir que yo estaba desnuda….

En casa con la Almeja (II)

Después de cenar unos berberechos gigantes nos subimos a su coche rumbo a lo desconocido. Conducía a toda prisa por las calles, derrapando en las esquinas, mientras le indicaba el camino. Aunque su idea pasaba por darse unos magreos en el coche, llegamos a la velocidad de la luz a la puerta de mi casa.

Ya le había advertido antes de venir que tendría que encender la chimenea, así que lo mandé a la leñera a por unos troncos. Dicho y hecho, lo vi pasar como un foguete por toda la casa con los troncos para ir cuanto antes al tema. Tanto es así que metió en la chimenea la enorme bolsa de plástico que contenía la madera. Redios, vamos a arder como una pira sin haber follado!.

Antes de que pudiera articular cualquier otro pensamiento lo ví allí, delante de la chimenea, con los pantalones a medio camino del suelo, sobresaliendo tímidamente un pene tipo lápiz que parecía preguntarse qué hacer exactamente en ese exacto momento.

Con sus dos pedazo manos me agarró por los pelos y me invitó a buscar su asustado miembro, que jugaba cual lombriz al escondite.

La posición de rezo duró apenas unos segundos porque me levantó para sacarme la ropa de una vez. Sí, toda a la vez en un solo movimiento.

Pensé que ya era el momento de ir a buscar el colchón y aparecí con él en el salón. Era un precioso colchón a rayas de Ikea. Y fue en en ese preciso momento cuando lo vi desnudo por primera vez.

Sobre unas piernitas guardaba un delicado equilibrio un tocón de secuolla. Dios mío que desproporcionado estaba. Acabaría aplastándome como a una hormiga…. pero ya era demasiado tarde para huir.

El primer encuentro (I)

Era bajito, feo y gordo y se creía atractivo y cibersexy. Pero era tan sólo un hombre… un hombre cualquiera, cuando vino a mi.

Su preocupación por su imagen rozaba lo patológico. Supongo que era consciente de sus limitaciones.

El primer día que nos vimos… lo primero que vi fue una lengua con vida propia que buscaba mi boca… o una boca cualquiera. Una visión dantesca.

Caminamos por la calle de noche y se paró en una plaza para volverme a besar.
-Creo que en esta plaza nunca besé a una chica.- Dijo mientras desplegaba nuevamente su lengua movediza. Atónita abrí la mía para acoger en ella aquel extraordinario apéndice. Ahora se trataba de batir récords.

Seguimos caminando por las calles y él se paraba una y otra vez para volver a besarme. O este tío hace años que no besa a nadie… o es un troglodita que ha venido a mí calentito, o porque se calienta con cualquiera, pensé.
Pero como a caballo regalado no se le mira el diente, ni la lengua, seguí junto a él tan contenta a la vez que vivamente extrañada.

Nos sentamos en una terraza y pedimos unos refrescos. Su mano no paraba de moverse en dirección a uno de mis pechos, incluso llegó a tocarlo en repetidas ocasiones. Pensé que el pavo iba a explotar de un momento a otro. ¿De dónde demonios salía un tío así? Ni idea en ese momento. Lo sabría más tarde por deducciones.

Me pareció apropiado observarlo durante un tiempo prudencial así que sugerí cambiar de sitio, cosa que no le debió de hacer mucha gracia dadas las urgencias que recorrían su cuerpo.

Una vez sentados ante la mesa yo hablaba y hablaba intentando romper el hielo, mientras su mano también seguía haciendo incursiones en mis pechos. y entre hablar y hablar y tocar y tocar, a lo tonto, a lo tonto llegamos a mi casa.

El primer día de la Mutación 0

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Pero no nos equivoquemos, no he nacido hoy…. simplemente es el primer día de mi Mutación.

Porque algunas almejas somos muy longevas: “Bajo las frías aguas de las costas islandesas, un grupo de científicos galeses se ha topado con el que es, hasta el momento, el animal más viejo del planeta: una almeja que ha vivido más de 400 años.”

Almeja según la Almejapedia es: nombre con que comúnmente se conoce a varios moluscos bivalvos que viven enterrados en arenas o barros de las orillas de los ríos y mares.

Entre las múltiples (como algunos orgasmos) variedades, la mía fue por extraños designios de mi nacimiento la Tapes pullastra, en cristiano Almeja babosa, cultivada especialmente en Galicia, tierra de furtivos, contrabandistas y enfermos mentales.

Como nadie está contento con lo que tiene, me hubiera gustado ser la Almeja fina europea, o la rubia, la dura, la gigante, o porqué no el Almejón de sangre. Pero la fatalidad había hecho que naciera babosa, babosa. Como aquel chiste que decía el “porqué las mujeres tienen piernas, pues para no dejar rastro”. Al ser Almeja y no tenerlas deduzco que voy a dejar rastro, mucho rastro.

Mi vida era mía hasta que me encontré de frente con un pescador furtivo, de esos que no tiene licencia y te cogen de repente, sin avisar. Un tipo feo y rudo enfundado en unas botas verdes de caña alta. Fué entonces cuando empezó mi extraña mutación y mi vida cambió para siempre.

Ibarra manifiestaba el primer día de mi mutación, que: «Chacón es Zapatero con faldas», Capitan Rambo: Hacerlo con la regla para la mujer es doloroso pero hacerlo con el cartabón mucho mas!, La Voz de Galicia: Pablo Crespo sale de prisión tras pagar 100.000 euros de fianza, el Mejillón Suicida: Señoras que tratan con más cuidado y cariño a un par de folios para un currículum que a una polla con sus huevos.